Yareth Salazar: «Mi inquietud vocacional detonó porque es algo que involucra todo”
Mañana jueves 10 de marzo, Yareth partirá a Uruguay para iniciar formalmente su etapa de Noviciado. El camino hasta aquí ha sido intenso, con una experiencia de Pre-noviciado que comenzó hace un año, pero con inquietudes que comenzaron mucho antes.
En esta entrevista Yareth nos permite adentrarnos en esos procesos previos, relatándonos cómo se fue gestando esta inquietud, los caminos que lo acercaron al mundo ignaciano y las claves de su discernimiento.
En su mochila van miedos, por supuesto, pero también la gracia de haber tenido el tiempo para desarrollar un vínculo íntimo con Jesús.
¿En qué momento de tu vida la vocación religiosa comenzó a ser una opción real?
En mis años universitarios participé de misiones, trabajos y voluntariados… detrás de eso estaba la vocación religiosa. Entonces cuando terminé de estudiar Relaciones Públicas y tenía que decidir qué camino seguir, estaba la inquietud de la vocación religiosa y la posibilidad de darle una respuesta. Le conté a mi familia lo que me pasaba, pero finalmente me arrepentí (risas). Entré a trabajar en una aerolínea como tripulante. Pero 3 años después mi inquietud vocacional detonó porque es algo que involucra todo. Yo llevaba una vida “dada a las vanidades”, vivía para mí, viajaba por el mundo, lo pasaba bien, pero no era una vida que yo quería realmente. Y se hizo claro que tenía que enfrentar esta pregunta porque era algo constante. Estaba Dios, la Iglesia, Jesús, los pobres… estaba llevando una vida normal, trabajando, pero esas esas ideas estaban siempre rondando.
Tu familia estuvo siempre al tanto de tus inquietudes, ¿cómo reaccionó tu entorno cuando decidiste iniciar un proceso serio en la Compañía?
La primera vez que le conté a mi mamá, lloró de felicidad. Mi papá también. Les calzaba todo, sabían que la cosa iba por ahí. Y por el lado de mis amigos tuve algunos que me dieron mucho apoyo, que les hacía sentido y otros que me dijeron que no me hablarían nunca más.
¿Y cumplieron? ¿Te dejaron de hablar?
No (risas), han sido los que más me han apoyado. Su reacción tenía que ver con que no están de acuerdo con un montón de cosas de la Iglesia, pero lo cierto es que son cosas con las que yo tampoco estoy de acuerdo. Finalmente, cada uno se lo toma como quiere. Para mí obviamente fue una lata, pero sabía que me iban a terminar apoyando igual. De hecho, uno de los que me dijo que no me hablaría más fue el que mandó la carta de recomendación para el proceso de admisión. Finalmente he estado muy apoyado por mi familia y mis amigos. Mis amigos más cercanos no son católicos, pero me entienden y me ven feliz.
¿En qué momento te topaste con la Compañía? ¿Cómo se dio ese acercamiento?
Yo no conocía nada de la vida religiosa, no tenía nociones de las congregaciones religiosas. El mapa se fue abriendo de a poco. Había leído libros del Padre Hurtado, sabía que era jesuita, pero no tenía de lo que era un jesuita. Pero empecé a tener las primeras nociones. El 2019 unos amigos me invitaron a hacer Ejercicios Espirituales, ahí me puse a buscar y caché que esto era de los jesuitas. Empecé a leer, a ver qué onda. Y así fui entrando de apoco. Los Ejercicios fueron claves para descubrir lo que era realmente. El primer jesuita con el que hablé fue Cristian Viñales, ese mismo 2019 nos comunicamos por correo. También hablé con Jaime Castellón y empecé a ir a misa al Santuario San Alberto Hurtado, donde estaba Arturo Vigneaux.
¿Qué evaluación haces de tu proceso de pre-noviciado?
Para mí era muy importante descubrir que lo que me estaba pasando era real, que no era un invento o una excusa para escapar de otras cosas. Al principio lo importante no era tanto la vocación a la Compañía o el sacerdocio, sino ver cuál era mi relación con Dios. El primer semestre se trató de descubrir a Dios en mi vida, sin la pregunta vocacional de fondo. Y eso requiere tiempo, entonces valoro mucho mi año de pre-noviciado por el tiempo. Dios habla muy lento, su lenguaje tiene que fluir en el tiempo. No basta con 8 días o un mes, sino que perdura. Y me permitió descubrir certezas.
¿Qué elementos consideras que han sido claves en tu discernimiento?
A mí me ayudó mucho haber llegado al límite de mi vida, no tenía otra opción. Esto era tan real, tan presente en mi vida, que lo tenía que hacer. Pero era libre, me sentía muy libre hasta el último momento. Me sirvió mucho también confrontar la figura de San Ignacio, porque yo era bueno para el carrete, tenía una vida normal laboral y socialmente. Otro tema es la relación con Dios. Yo había leído a muchos jesuitas que decían que la vocación a la Compañía es una relación con Dios, con Jesús, y eso puede sonar utópico, lejano. Al principio de mi discernimiento mi relación con Jesús era de un católico laico normal. Entonces algo que me guio fue darme tiempos como de contemplación con Jesús, porque ahí entra la comunicación, la conversión. Un libro que me dio mucho es “Recrear el examen ignaciano” de un jesuita gringo llamado Mark Thiboedaux sj. Son exámenes que te permiten hablar con Jesús. Eso me agregó mucha afectividad en mi relación con Jesús.
¿Cómo vives el ingresar a una Iglesia y a una Compañía de Jesús que han vivido una profunda crisis durante los últimos años?
Cuesta mucho superar ese disgusto que tenemos con la Iglesia, con todas las cosas con las que no podemos estar de acuerdo. Pero a mí me ayudó mucho ver a San Ignacio y a Pedro Arrupe. Ellos vivieron temas muy complejos de sus tiempos de la Iglesia, pero aun así el libro de Pedro Arrupe decía que amaba profundamente a la Iglesia y San Ignacio también. Y uno se pregunta cómo amaban a la Iglesia teniendo toda esta oscuridad… pero se puede. Hay un montón de cosas que no me gustan, pero amo profundamente a la Iglesia. Y no es solo desde la cabeza… es la respuesta a un llamado por parte de Jesús, ha habido una conversación que le agrega afectividad a la cosa.
¿Viajas a Uruguay con algún miedo en la mochila?
Durante el último tiempo ha estado presente un miedo de alejarme de Dios, de que se transforme en un camino como personal, un proyecto personal. Me da miedo sumergirme en una rutina de oración que vaya difuminando lo que me dice Dios. Sumergirme en la vanagloria, en lo personal, en centrarme en mí mismo, ese es mi mayor temor. Con respecto al Noviciado como tal no tengo temores, voy entregado a lo que sea, mi intención es seguir descubriendo a Dios en mi vida.
¿Tienes algunas pistas de cómo enfrentar ese miedo en particular?
Hay una regla muy buena de los Ejercicios que es la del vano enamorado. Durante todo este tiempo también he sido presa del mal espíritu y me ha llevado por pensamientos que me han alejado de Dios usando cosas buenas incluso. Y algo clave ha sido confrontar esas cosas con mi acompañante. Todo lo que me de vergüenza todo lo que no quiera hablar, todo lo que quiero callar, no hablando de mi vida íntima, sino de mi vida espiritual. La comunicación es clave, no caer en las oscuridades, en los matices, en las cosas que no hablas con nadie, porque afecta la sanidad de la vida religiosa. Porque puedo rezar, conversar con Dios y hacer exámenes todos los días, pero uno se engaña muy fácil a sí mismo y el mal espíritu el doble.
¿Qué personas han sido importantes en este tiempo previo a ingresar a la Compañía?
Muchos santos jesuitas. San Alberto Hurtado, San Luis Gonzaga, San Francisco de Borja son algunos que se me vienen a la mente. También jesuitas como Cristian Viñales, Tomás Browne o Nacho Castro de Concepción, con quien vivimos juntos, han sido muy importantes.
¿Cómo te aproximas hoy a los votos? ¿Te generan tensiones?
Soy muy cuadrado, entonces si a mí las cosas no me entran por el sentimiento y por la cabeza, chao. Entonces leí mucho sobre la castidad y el celibato. Y creo que es algo muy dinámico. Para mí no se trata de si tengo un iPhone o no, o si tengo ropa de marca o no, sino de qué intención hay detrás de la ropa o de cómo uso mi iPhone, qué hago con mi plata. Todo va dependiendo según lo que voy haciendo. Los votos son un tema complejo, pero son tan poco cuando lo comparo a todo lo que me regala y me da Dios. Entregarle mi castidad no es nada en comparación a todo lo que me ha dado este año, por ejemplo. Para mí se tratan de un acto de amor, no soy casto porque quiero ser cura, sino que lo hago por un amor a Dios.
¿Hay algún tema o problemática social que te movilice más profundamente?
A lo largo de mi vida vocacional ha sido la pobreza. Mi vocación la descubrí en una población y la volví a descubrir en el Techo. Es algo que me hace llorar, que me da rabia, que me importa, que leo, pero no en un sentido de hacerme pobre con ellos… porque lo que me moviliza no es la pobreza como tal, para mí la urgencia es el amor. Esa es mi temática. Me siento muy llamado a entregar a amor, a ponerle amor a las cosas. Y eso abarca todo.