Juan Cristóbal García-Huidobro SJ: “Llegó el tiempo de ser más colectivos, de tener discernimientos más comunes”

Son las 13:30 en Boston y Juan Cristóbal García-Huidobro SJ hace un “break” en su rutina de estudiante para conversar con nosotros vía Skype. Lleva casi cinco años realizando un doctorado sobre educación en la ciudad estadounidense y actualmente está terminando su tesis.

Pero esta realidad está muy lejos de lo que imaginaba cuando ingresó a la Compañía hace 18 años. En ese entonces la educación le parecía un tema “latero” y su vocación en ese ámbito se fue desarrollando de forma accidental luego de que lo enviaran a trabajar en diversos colegios. “Descubrí la potencia que tiene la educación y la importancia de que los jesuitas nos metamos en esto”, dice, agregando que “ayudar a formar niños y jóvenes es de lo más importante que podemos hacer.”

Antes de todo eso, cuando el Noviciado no aparecía en el horizonte, los temas que lo apasionaban eran la política y lo social. Incluso llegó a ser presidente de Ingeniería en la PUC. Si bien ser jesuita no asomaba entre las opciones, había un bichito que tomaba fuerza en su cabeza. Sabía que su futuro estaría vinculado al servicio y su alto compromiso social empezó a repercutir en su vida personal. Su familia, su polola y sus amigos le cuestionaban que dedicara tanto tiempo a estos temas. Incluso muchas veces faltaba a clases por lo mismo. Era un joven que parecía tener la vida armada, pero empezaban a aparecer indicadores de que algo faltaba.

Pudiste haber desarrollado una veta servicial como laico, ¿por qué decidiste dar el salto hacia la vocación religiosa?

Hay dos cosas. En lo general, hubo un llamado a darlo todo. Algo que dejaba a los demás amores en segundo plano. No por maldad, sino que pedía más. Aparecían muchos indicadores de que mi corazón estaba en otro lado. Después, hubo una experiencia que lo gatilló todo. En la universidad tenía que hacer una práctica “obrera” en el verano y decidí trabajar como basurero, pero no me hacía sentido trabajar en eso y volver a la casa de mis papás en la noche, así que le pedí al jesuita que acompañaba a mi comunidad que me buscara una familia que me acoja por ese período. Dos días antes de llegar la familia tuvo problema para recibirme y terminé viviendo al fondo de la parroquia San Joaquín de Renca. Ahí llegaban muchos jóvenes, familias, matrimonios y la gente cachó que había un cabro viviendo ahí. A las dos semanas estaba súper metido con la gente que llegaba y al mes para mí fue muy claro que nunca había sido tan feliz, así que ahí postulé inmediatamente a la Compañía.

Has trabajado mucho con jóvenes, ¿hay algo algún rasgo o problema de la juventud que te preocupe?

Más que problemas hay desafíos. Me parecen injustas esas apreciaciones de que la juventud está más individualista y materialista porque el mundo de hoy es otro mundo, no el mundo en que yo u otros fuimos jóvenes hace 20 años. Chile ha cambiado, en muchas cosas para mejor, y también cambiaron los desafíos. Hemos ido adoptando rasgos de los países que tienen una cultura más protestante entonces valoramos más los derechos individuales. Somos muchos menos comunitarios y debemos plantearnos el desafío de ver cómo se forma comunidad, sin perder la libertad que hemos ganado. Hoy vivimos en mejores condiciones, pero eso no significa que haya más sentido para hacer las cosas. Mucha gente se experimenta más libre, pero eso no significa ser más feliz, porque hay mucha felicidad en ceder esa libertad, en apostarla.

¿Qué banderas contraculturales son las que lleva adelante la Compañía de Jesús?

Hoy la Compañía está desorientada. Tengo la imagen de un boxeador que ha recibido 20 cornetes y está mareada en un rincón. Eso no significa que la batalla esté perdida, porque la Compañía tiene un tesoro gigante que tenemos que decir mejor en el contexto actual. El mensaje y el estilo de vida de Jesús son una buena noticia para la gente y debemos ser capaces de ofrecer ese estilo de vida más austero, menos competitivo, más colectivo. Hay lugares, como Tirúa, en que lo hemos logrado mejor. Por otro lado, nuestra vocación supone un compromiso de largo plazo que hoy es poco frecuente. Y hay mucho gozo en saberse cómplice con otros compañeros, trabajando juntos por un mismo amor y un mismo proyecto. También debemos educar la libertad. Hoy la juventud tiene muchas posibilidades, pero eso no conlleva más criterio para decidir. Por poner una imagen, veo cabros pasando por la vida como si fuera un supermercado llenos de posibilidades, sorprendiéndose y llenando el carro en cada pasillo. Pero no terminan de cachar que la felicidad está en comprar tres o cuatro cosas, hacer la cola rápido e irse a gozar con otros a otro lado. La compañía tiene esa sabiduría, el discernimiento de la tradición ignaciana.

¿Y en qué están en deuda?

Frente a esta imagen del boxeador mareado hay que preguntarse cuáles fueron los combos. Los abusos obviamente son un combo, pero para mí solo son el gancho final. Antes hubo muchos combos que nos fueron debilitando. Pareciera que todo se reduce a los abusos, pero el problema de fondo tiene que ver con la modernidad. Hoy se cuestionan cosas profundas de la Compañía porque tendemos a ser súper jerárquicos y llegó el tiempo de ser más colectivos. Eso significa discernimientos más comunes. Por otro lado, hemos puesto tanto el énfasis en el trabajo, en lo que hacemos, que dejamos poco tiempo para gozar juntos como comunidad, para pasarlo bien. Creo que estamos en un tiempo de re-descubrir la vida religiosa en un tiempo nuevo. Porque el llamado de Jesús sigue ahí; la pregunta es cómo vamos a vivirlo en este tiempo nuevo y ahí yo espero ver mucho discernimiento colectivo acerca de qué hacemos, cómo vivimos, dónde se funda nuestra identidad jesuita, etc.

En esta modernización hay un tema potente como la reivindicación de los derechos de las mujeres. ¿La Compañía está en deuda en este punto?

¡Sin duda! Si no es activamente, al menos pasivamente. Somos herederos y parte de una cultura machista. Yo pensaba el otro día, recordando unas amigas monjas, que hay muchas cosas que yo hago producto de una larga acumulación de privilegios asociados al ser hombre. Y eso tiene que cambiar.   Honestamente, yo espero ver sacerdocio femenino antes de morirme. Lo digo así, porque sé que va a demorar, porque las instituciones tienen sus ritmos y la Iglesia no es una institución tan flexible. Pero no veo ningún impedimento de fondo para que suceda.

¿Cuál es tu visión del sistema educativo chileno? ¿Dónde están los desafíos?

Lo primero, que se nos borra en medio de las justas peleas por mayor inclusión, es que Chile ha progresado una tonelada. Mirando desde fuera de Chile, eso se me hace muy claro. Teniendo eso en cuenta, se hacen evidentes los desafíos en temas de inclusión. Creo que vamos avanzando, pero en Chile cuando tocas temas de inclusión automáticamente saltan las luces de los que tienen los privilegios. Y no es solo el 1% más rico. Son los privilegiados en cada contexto, es la familia con más medios en cada población. El cuestionamiento al fin de la selección a propósito de la propuesta de ley “admisión justa” es una representación de eso.

¿Debe primar el mérito de un niño a la hora de seleccionarlo en un colegio?

El tema del mérito obviamente es potente en ciertos casos individuales. Es lógico que el papá o la mamá de un niño que se saca la cresta se enoje si le dan el cupo a un cabro que no ha estudiado en su vida. Con el corazón en la mano, y sabiendo que los buenos colegios no son tantos, lo entiendo. No obstante, la persona que diseña una política pública no puede estar pensando como ese papá del caso individual, porque hay miles de casos y, en un último lugar, incluso el chico que no estudió debiera tener otra oportunidad. El que diseña la política pública tiene que abstraerse del caso individual y diseñar pensando en el bien común. Entonces, el rol de esos papás y el rol del diseñador de política pública son dos roles distintos que tienden a confundirse. Desde la política pública, lo más razonable para que haya equidad es que sea aleatorio. Entiendo que en ciertas circunstancias pueda haber otras consideraciones, pero creo que ese es el principio más justo.